El Nacimiento De Los Estados Unidos - Por un tiempo, esto lo hizo sumamente impopular en las colonias.

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Por un tiempo, esto lo hizo sumamente impopular en las colonias. Fue prácticamente la única vez en su vida que estimó erróneamente el sentimiento popular de América, quizá porque estaba a cinco mil kilómetros de distancia. Cambiando rápidamente de posición, empezó a presionar para que se revocase la Ley de Timbres.
El 13 de febrero de 1766, fue interrogado sobre el tema por una comisión parlamentaria y habló elocuentemente a favor de la revocación, justamente por la época en que llegaba la declaración del Congreso de la Ley de Timbres. Detalló las grandes contribuciones hechas por los americanos en la guerra reciente y advirtió del peligro de una rebelión abierta si el Parlamento persistía en su actitud. Cuando las acciones de Franklin fueron conocidas en las colonias, recuperó el favor de los americanos.
El Parlamento se inclinó ante lo inevitable y revocó la Ley de Timbres. Jorge III firmó la revocación el 18 de marzo de 1766.
Cuando la noticia llegó a América, hubo una explosión de alegría y se dieron todas las expresiones posibles de lealtad y gratitud al gobierno británico. Dos meses más tarde, se celebró delirantemente el cumpleaños de Jorge III y se le erigieron estatuas.
Podía parecer que todo estaba bien nuevamente, pero lo que pocos americanos observaron fue que, si bien el Parlamento había revocado la Ley de Timbres, no había renunciado al derecho de establecer impuestos en las colonias sin el consentimiento de éstas. De hecho, el mismo día en que se aprobó la revocación mantuvo específicamente ese derecho.
Todo lo que el Parlamento había hecho era admitir que la Ley de Timbres era una manera equivocada de actuar. Ahora buscaría otros modos.
CAPÍTULO 2 - EL CAMINO A LA REVOLUCIÓN
El segundo asalto
En julio de 1766, Rockingham, bajo cuyo gobierno fue revocada la Ley de Timbres, fue destituido por Jorge, por razones que no tenían nada que ver con las colonias. Desde entonces, Rockingham y sus seguidores continuaron siendo favorables a la causa americana, pero también permanecieron fuera del poder. Jorge III, que se había visto obligado a retroceder ensayó la formación de un ministerio que representase una amplia variedad de concepciones, y eligió para que lo encabezase nada menos que a William Pitt. Si éste hubiera sido un hombre más joven o de mejor salud podía haber habido alguna posibilidad de conciliación pero los azares de la historia dieron otro dictamen.
Nunca realmente sano, Pitt, aunque sólo se hallaba a fines de su cincuentena, era un hombre quebrantado. Aceptó un earldom [título nobiliario típicamente ingles de rango similar al de un conde; n. del t.] y se convirtió en el primer Earl de Chatham. Esto lo apartó de la Cámará de los Comunes y lo colocó en la atmósfera más cómoda de la Cámara de los Lores. Se retiró cada vez más de la conducción activa y durante algunos años ni siquiera apareció en el Parlamento. El duque de Grafton, que le sucedió, no tenía ninguna capacidad, y el ministerio que encabezó, por tanto, estuvo realmente dirigido por el hombre más fuerte que había en él. Este era Charles Townshend, hombre agudo y
que podía hablar con elocuencia, particularmente cuando estaba ligeramente bajo los efectos del alcohol. Pero de lo que carecía era de juicio.
Townshend era Chancellor of the Exchequer (cargo similar al norteamericano actual de secretario del Tesoro o al de ministro de Hacienda de otros países), y su deber era hallar el dinero necesario para sustentar al gobierno. Se trataba de una tarea ingrata, sobre todo en ese momento, cuando las colonias tenían plena conciencia de su éxito al haber forzado la revocación de la Ley de Timbres. A Townshend, ni a ningún miembro del gobierno, no se le ocurrió explorar la posibilidad de que las mismas asambleas coloniales pusiesen impuestos a los americanos. Esto habría sido considerado como una intolerable admisión de derrota y habría sentado un precedente que hubiese conducido
de modo inevitable a la total pérdida por Gran Bretaña del control sobre las colonias. No, los líderes parlamentarios opinaban que era la misma Gran Bretaña la que debía establecer impuestos en las colonias.
Pero, ¿cómo?
El 8 de mayo de 1767, Townshend se bebió una gran cantidad de champán, y luego, lleno de exaltación, pronunció el que más tarde fue llamado «discurso del champán». En él, burbujeó con tanta efervescencia como el champán y ridiculizó a sus opositores, en particular, a Grenville, que estaba abrumado todavía por la vergüenza de haber aprobado la desdichada Ley de Timbres.
Acuciado a responder, Grenville vociferó que las palabras de Townshend eran muy valientes pero no se atrevía a poner impuestos a los americanos.
Acalorado, Townshend rechazó la acusación y juró que pondría impuestos a los americanos, y procedió hacerlo.
Eludió el impuesto directo y volvió al impuesto indirecto sobre las importaciones americanas. Los americanos nunca habían objetado oficialmente el derecho británico a controlar el comercio y pagaban los aranceles regularmente... cuando eran atrapados, cosa que no sucedía a menudo. Townshend pensó, entonces, que solo era cuestión de poner nuevos aranceles sobre nuevas mercancías, elevar los aranceles ya existentes y mejorar la recaudación.
El 29 de junio, hizo aprobar por el Parlamento leyes que ponían aranceles sobre el té, el vidrio, el papel tintes, que entrarían en vigencia el 20 de noviembre de 1767. Se iban a emitir mandatos de asistencia y se darían amplios poderes a los funcionarios de aduanas para que pusiesen fin al contrabando. De este modo, se esperaba recaudar 40.000 libras por año, que podían ser usadas, en parte, para pagar a los gobernadores y jueces de las colonias. Esto tendría el efecto de poner los ejecutivos y las magistraturas coloniales bajo control parlamentario, ya que sería el Parlamento el que les pagaría y ya no las legislaturas coloniales.
Las llamadas «Leyes de Townshend» eran un milagro de torpeza. Su aprobación sin consultar a las colonias, la manera proyectada de recaudación y el propósito anunciado, todo se sumó para exasperar a los americanos Dado el humor reinante en las colonias, esas leyes eran meras incitaciones a nuevos desórdenes y el avispero se agitó nuevamente.
Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816) - 4 -
Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
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