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miércoles, 11 de mayo de 2016

El nacimiento de los Estados Unidos -Pero vivía en una época en que

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Pero vivía en una época en que, en otras partes de Europa, los reyes eran absolutos. Por ejemplo, el rey Luis XV de Francia, que gobernaba ya desde hacía casi medio siglo cuando Jorge III subió al trono, hacía lo que quería. No tenía ningún parlamento que le pusiese obstáculos, ningún primer ministro que gobernase el país sin control, ni elecciones que decidiesen sobre la politica, ni partidos que riñesen unos con otros ni político con libertad de atacar al rey.
Era humillante para Jorge que sólo él, de todos los monarcas europeos, fuese controlado y acosado por los caballeros terratenientes que dominaban el Parlamento. Su bisabuelo, Jorge I y su abuelo, Jorge II, no se habían preocupado por ello. Habían sido alemanes de nacimiento y habían gobernado la tierra alemana de Hannover. Les interesaba mucho más Hannover que Gran Bretaña y se sentían muy gustosos de dejar que el primer ministro gobernase como quisiese. Los Primeros Jorges, en efecto, apenas hablaban inglés.
Pero Jorge III pensaba de otro modo. Aunque aún gobernaba Hannover, había nacido y se había criado en Inglaterra. Hablaba inglés y se sentía inglés, y tenía un intenso deseo de gobernar a Gran Bretaña.
Durante su adolescencia, cuando era heredero al trono su madre viuda (a quien adoraba) constantemente lo urgía a que asumiese los deberes y los poderes que antaño pertenecían a la corona. «¡Sé un rey!», decía a su hijo con lo cual quería significar un rey a la manera de los monarcas absolutos de otras partes de Europa
Jorge trató de ser un rey. No podía abolir los poderes del Parlamento y convertirse en un monarca absoluto. Si hubiese intentado hacerlo, seguramente habría sido derrocado de inmediato por una nación que desde hacía largo tiempo había puesto límites estrictos a los poderes regios. Lo que hizo, pues, fue tratar de gobernar mediante el Parlamento, eligiendo a políticos que estuviesen a su lado y actuasen en su nombre.
De este modo, hizo todo lo posible para poner al Parlamento bajo su control.
Le disgustaba William Pitt, por ejemplo. Pitt (el ministro que había asumido la dirección de la política británica en los oscuros días en que los franceses parecían a punto de obtener la victoria, y había conducido a Gran Bretaña a la recuperación y el triunfo) era la encamación misma de todo lo que Jorge III detestaba. Pitt era un político poderoso y resuelto que se comportaba como si él fuese el rey.
Después de un año de haber subido al trono, Jorge halló medios para obligar a renunciar a Pitt, en octubre de 1761. Pudo hacerlo sin problemas, desde luego, porque para entonces la victoria británica era segura. Desplazado Pitt, el Tratado de París de 1763 lanzó un destello de gloria sobre Jorge III. Estaba en el trono a la sazón y recibió el mérito de la victoria, aunque ésta se hallaba asegurada ya antes de que él subiese al trono.
Era en las colonias americanas donde Jorge III podía tener más éxito en su ambición de «ser un rey». En las colonias, no había parlamento alguno que le disputase el control. Allí, al menos, podía gobernar a su gusto, nombrando y destituyendo a funcionarios, estableciendo la política y ajustando los tornillos a los transgresores.
Había legislaturas coloniales, sin duda, pero en conjunto tenían escaso poder contra el rey.
Jorge III no ejerció su poder en las colonias de mala manera, pues no era un hombre malo. La queja americana era sencillamente que lo pudiera ejercer, para bien o para mal, sin consultar a los mismos americanos.
Los choques empezaron casi tan pronto como Jorge III subió al trono, y concernían al problema del contrabando. Este era siempre un mal para los británicos, pero durante la Guerra contra Franceses e Indios, pareció absolutamente insoportable.
Al menos parte del comercio ilegal americano se realizaba con el enemigo, con lo que apoyaba a los franceses y contribuía a la muerte de soldados británicos (y de soldados americanos también).
Los británicos se sintieron totalmente justificados en hacer esfuerzos especiales para poner fin al contrabando y aplicar las leyes que el Parlamento había aprobado regulando el tráfico y el comercio americanos. Esto había sido decidido por Pitt en 1760, por la época en que Jorge III subió al trono, y en este caso Jorge III estuvo de acuerdo con Pitt.
Pero poner en práctica las leyes sobre el comercio a un gran territorio escasamente poblado y situado a cinco mil kilómetros de distancia, donde la población, en general, no estaba dispuesta a admitir que se aplicaran, era más fácil de planear que de lograr. La búsqueda de artículos de contrabando y probar, una vez hallados, que habían entrado de contrabando eran cosas casi imposibles sin la cooperación de la gente del lugar.
Por esta razón, el gobierno británico decidió promulgar «mandatos de asistencia». Estas eran órdenes de búsqueda generalizada. Un funcionario de aduanas, provisto de un mandato de asistencia, tenía derecho de entrar en cualquier lugar en busca de artículos. No era necesario especificar el lugar particular o la naturaleza de los artículos buscados.
Tales mandatos de asistencia no eran algo nuevo. Habían sido expedidos ya en 1751. Pero en 1761, cuando salieron los nuevos mandatos, los americanos ya no temían a los franceses ni dependían de la ayuda militar británica. Eran más conscientes de sus derechos y más dispuestos a hacerlos valer.
No estaba en discusión lo bueno o lo malo del contrabando (¿quién podía defender honestamente el comercio con el enemigo?). La cuestión era si tales mandatos de asistencia eran legales. Esas órdenes de búsqueda generalizadas eran ilegales en Gran Bretaña, donde un axioma de la ley era que «la casa de un hombre es su castillo». Por humilde o desvencijada que fuese la casa de un hombre, en ella no podían entrar el rey ni sus representantes sin un proceso judicial en regla concerniente a una casa específica y para un fin específico.
¿Por qué, pues, en las colonias la casa de un hombre no era su castillo?
En Massachusetts, particularmente, donde el contrabando era desenfrenado, se levantó una enorme oposición y se puso en tela de juicio la legalidad de los mandatos.
Contra los mandatos se levantó James Otis (nacido en West Barnstable, Massachusetts, el 5 de febrero de 1725), hijo de uno de los más respetados jueces de la colonia. Su argumento, expuesto con la mayor elocuencia, era que los derechos poseídos por los ingleses, como consecuencia del «derecho natural», no podían ser violados por decretos del rey ni por edictos del Parlamento. Había una «constitución» básica que, aunque no estuviese escrita, encarnaba esos derechos naturales, y «un
decreto contra la constitución es vacío», decía.
Otis sostenía, en efecto, que el gobierno británico, al promulgar mandatos de asistencia, era subversivo, y los americanos, al negarse a obedecer a esa ley particular, defendían los principios básicos del derecho. (Predicaba lo que hoy llamamos «desobediencia civil».)
Los británicos no se inmutaron por ese argumento y prosiguieron su política de expedir mandatos de asistencia. Mas para muchos americanos, Otis había encendido un faro que iba a guiarlos en adelante y a justificarlos en su rebelión contra la ley británica en nombre de una ley superior.
Un suceso similar tuvo lugar en Virginia un poco más tarde.
Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816)
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Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid. Teléf 741 66 00
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