viernes, 13 de mayo de 2016

El Nacimiento De Los Estados Unidos -La Ley de Timbres (The Stamp Act)

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El Nacimiento De Los Estados Unidos
La Ley de Timbres (The Stamp Act)

Como para hacer frente a las crecientes muestras de cólera en las colonias, el gobierno británico apostó soldados británicos permanentemente en las colonias.
Antes de la Guerra contra Franceses e Indios, cuando las colonias eran amenazadas por indios, neerlandeses, españoles y franceses, los soldados británicos habían estado en otras partes. Pero ahora que todo peligro había pasado, el Parlamento votó, después del Tratado de París, la instalación permanente de una fuerza de 10.000 soldados regulares británicos en las colonias.
Eso era claramente más de lo necesario; y más de lo que los generales británicos de América pedían. Además, los soldados británicos no fueron ubicados en puestos fronterizos, donde, podía argüirse, se los necesitaba contra los levantamientos indios o las incursiones españolas. ¡En absoluto! Se los apostó en las ciudades más grande y confortables.
Los americanos podían argüir, y lo hicieron, con considerable justificación, que los soldados eran apostados en América para dar empleo a aquellos oficiales del ejército que, de lo contrario, tenían que retirarse con la mitad de la paga al terminar la guerra; y que se los ubicaba allí para ser usados contra los americanos descontentos, y no contra otros enemigos de Gran Bretaña.
El gobierno británico fue sordo a esas quejas. Tenía problemas que, para él, eran mucho más importantes, problemas financieros.
En abril de 1763, George Grenville fue nombrado primer ministro y se halló frente a un problema insoluble. La deuda nacional británica ascendía a 136 millones de libras, como resultado de la guerra contra Francia. Era una cifra enorme para esos tiempos, y los gastos cotidianos del gobierno también habían aumentado.
Era absolutamente necesario poner nuevos impuestos, medida que nunca es popular. Los esfuerzos de Grenville para establecer uno u otro impuesto fueron anulados por un Parlamento hostil (respaldado por un público británico igualmente hostil).
Finalmente, se le ocurrió al desesperado Grenville que, en cambio, se podían crear impuestos en las colonias. Después de todo, la deuda nacional había sido originada por una guerra librada, en gran medida, en interés de las colonias; había sido de su umbral de donde había sido eliminada la amenaza francesa. Y los americanos habían florecido y prosperado durante la guerra, en gran parte gracias al contrabando, que les había brindado beneficios a expensas de los británicos.
¿Por qué, pues, los americanos no habrían de sufragar ahora una parte justa del coste de la guerra? En 1764, Grenville hizo que el Parlamento aprobase una «Ley del Azúcar», que elevaba los aranceles aduaneros sobre el azúcar, el vino, el café y los textiles. Eran «impuestos indirectos» pagados por los importadores, que luego pasaban el gasto al consumidor. Pero pese a todo lo que pudieran hacer los británicos, esos impuestos indirectos se recaudaron con dificultad, y el contrabando siguió creando un
abismo grande entre el dinero que se debía recibir y el que realmente se recibía.
Grenville también aprobó leyes prohibiendo a las colonias emitir papel moneda.
El papel moneda valía menos, en general, que su valor nominal en oro. Por ello, era conveniente para los deudores pagar sus deudas en papel moneda. Puesto que los americanos eran en gran medida deudores de los británicos, el papel moneda redundaba en ventaja para las colonias y en desventaja para los comerciantes británicos
 Pero lo que se necesitaba realmente era algo más: un «impuesto directo». Tenía que hacerse pagar al consumidor individual alguna suma en ocasiones específicas y en condiciones tales que el pago fuese inevitable.
Surgió la excitante idea de hacer ilegales todos los papeles oficiales que no llevasen un timbre especial y luego cobrar dinero por este timbre; así, ese dinero iría a manos del gobierno británico. Los timbres podían ser emitidos con diversos valores, desde medio penique hasta diez libras, y toda transacción oficial exigiría un timbre a un precio proporcionado al caso.
Todo el que acudiera a los tribunales tendría que llenar innumerables papeles y en cada uno poner un timbre de valor de tres chelines. Todo el que obtuviese un diploma tendría que pagar dos libras para colocarlo en él o de lo contrario no obtendría el diploma. Diversas licencias necesitarían timbres, como las notas de venta, los periódicos, los anuncios, los juegos de cartas, los almanaques y los dados.
Debía ser un impuesto lucrativo, pues no habría manera de evitarlo, ya que las transacciones serían simplemente ilegales sin un timbre. Si además de eso se imponían severas multas por las violaciones, se calculaba que el impuesto podía rendir 150.000 libras al año.
El Parlamento pareció satisfecho con la idea. La «Ley de Timbres» [«Stamp Act»] fue aprobada el 22 de marzo de 1765 e iba a entrar en vigor el 1 de noviembre de ese año. Luego, el 15 de mayo de 1765, el Parlamento aprobó la «Ley de Acuartelamiento». Esta ley establecía que los soldados británicos podían ser alojados en casas privadas, si era necesario.
La excusa para esto era que no había suficientes cuarteles en las colonias para alojar adecuadamente a los soldados. Pero era muy obvio que los soldados alojados en una casa contra la voluntad de los dueños de casa podían ser huéspedes incómodos, y que si se seleccionaban cuidadosamente a las casas de familia, la obligación de alojar soldados podía ser usada como un modo de castigar a los individuos que incurrían en el disgusto del gobierno. Aunque no tenía ninguna relación con la Ley de Timbres, los americanos tenían la certeza de que la Ley de Acuartelamiento había sido aprobada como un modo de sofocar las protestas contra los timbres colocando soldados en casa de los protestadores más eminentes.
Si la Ley de Acuartelamiento pretendía mantener en calma a los americanos en lo concerniente a la Ley de Timbres, no tuvo tal efecto. De hecho, es difícil imaginar que se pudiese concebir un impuesto más odioso para los americanos.
En primer lugar, la Ley de Timbres era el primer impuesto directo que establecía en las colonias el gobierno británico. Era la primera vez que los americanos tenían que extraer de su bolsillo personal un dinero que iba directamente a manos del rey británico. El hecho de que el impuesto afectase a su bolsillo ya era bastante malo; y que fuese una novedad era mucho peor.
Además, afectaba de manera específica a grupos que eran particularmente articulados e influyentes: abogados que ahora tenían que poner timbres en todos los papeles legales y editores de periódicos que también necesitaban timbres para sus productos. (Por entonces había veinticinco periódicos en las colonias, que eran muy leídos.)
Más aún, la Ley de Timbres era universal pues afectaba a todas las colonias por igual, con lo que los británicos no podían beneficiarse poniendo a un sector contra otro.
Y llegaba en un período postbélico de depresión económica. Todo se sumaba para hacer la Ley de Timbres completamente inaceptable para los americanos.
En primer lugar, los americanos no admitían la justicia del impuesto. Los británicos habían tenido enormes gastos en una guerra (sostenían) que se había librado. principalmente al servicio de los intereses británicos en Europa y Asia. En la parte de la guerra que se libró en el continente americano, los americanos habían contribuido con hombres y dinero de manera totalmente desproporcionada con respecto a su población.
Además, aunque el impuesto fuese justo, no era aceptable en principio porque se había establecido sin su consentimiento, y esto iba contra el «derecho natural» y los derechos de los americanos como súbditos libres de la corona.
James Otis halló una frase afortunada que tuvo gran difusión en las colonias y fue un grito de combate para todos los que, de manera creciente, se resistieron contra el gobierno británico en la década siguiente. Decía Otis: «El impuesto sin representación es tiranía».
En otras palabras, un Parlamento americano podía promulgar una ley como la de Timbres y dar los ingresos a Gran Bretaña; ésta sería una acción legal. O delegados americanos podían sentarse en el Parlamento británico y oponerse a la Ley de Timbres, la cual podía ser aprobada pese a su oposición, y ésta también sería una acción legal.
Pero aprobar tal ley sin dar a ningún americano ni siquiera la posibilidad de discutirla o tratar de volver al Parlamento contra ella, no era legal, sino el ejercicio de la tiranía.
Los británicos no eran de esta opinión. Por aquel entonces, sólo la gente que poseía cierta cantidad de propiedad podía votar representantes al Parlamento. La mayoría de la población británica no tenía voto y no estaba representada, pese a lo cual el Parlamento podía ponerle impuestos, y de hecho lo hacía.
Para los americanos, ésta era una falsa analogía. El individuo sin propiedad en Gran Bretaña, aunque careciese de voto, podía fácilmente hacer sentir su presencia.
Podía gritar, hacer demostraciones y motines, y si una ley era impopular, la agitación a que daba lugar podía hacer reflexionar al Parlamento sobre todo después dela experiencia, en el siglo anterior, con el rey Carlos I, que fue ejecutado, y el rey Jacobo II, que fue exiliado.
En cambio, ¿quién, en el Parlamento, se preocuparía en lo más mínimo por protestas y motines que tuviese; lugar en tierras situadas a cinco mil kilómetros de distancia, del otro lado de un océano?
Y, en verdad, cuando el Parlamento aprobó la Ley de Timbres, no vio ningún motivo para preocuparse por una agitación tan lejana. Correspondía a los americanos hallar maneras de obligarlo a preocuparse.
Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816) - 4 -
Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid. Teléf 741 66 00
I.S.B.N.: 84-206-1964-7 (obra completa)
I.S.B.N,; 84-206-9968-3 (Tomo XII)
Depósito legal: M. 17.381/1994
Compuesto e impreso en Fernández Ciudad, S. L. Catalina Suárez, 19. 28007 Madrid
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jueves, 12 de mayo de 2016

El nacimiento de los Estados Unidos -En Virginia, era costumbre desde 1662

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En Virginia, era costumbre desde 1662 pagar a los clérigos en tabaco. El dinero en efectivo era escaso, y el tabaco era una mercancía valiosa.
El problema era que el valor del tabaco fluctuaba.
Aunque su precio era generalmente de dos peniques la libra, hubo una serie de años malos en los que la cosecha de tabaco fue escasa por la sequía y el precio subió a seis peniques la libra. Esto significaba que, si el clero recibía su asignación habitual de tabaco (17.000 libras el año), su salario se triplicaba.
La legislatura de Virginia, la Casa de los Burgesses, que estaba dominada por los plantadores de tabaco, abandonó el pago en tabaco, en 1755, y estableció en cambio un pago en dinero a una tasa de dos peniques la libra.
El clero, por supuesto, se opuso, y llevó el caso ante el gobierno británico. El 10 de agosto de 1759, cuando Jorge II todavía era rey, el gobierno británico anuló la ley de Virginia y restableció el pago en tabaco.
Los virginianos ignoraron el fallo británico y, final mente, un clérigo llevó el caso ante los tribunales de Virginia a fines de 1763. Fue llamado el «caso Parsons».
En contra del clérigo y en defensa de la ley aprobada por la Casa de los Burgesses, actuó Patrick Henry (nacido en el condado de Hanover, Virginia, el 29 de mayo de 1736), hijo de un inmigrante escocés. Había tenido poca instrucción y no pudo abrirse camino como tendero o como granjero. Sólo cuando ensayó la abogacía encontró su vocación, pues demostró ser un notable orador.
En su discurso contra el pleito del clérigo, pronunciado el 1 de diciembre de 1763, Henry no se ocupó de si la ley aprobada por la Casa de los Burgesses era juiciosa o absurda, humanitaria o cruel. La cuestión era si el gobierno británico podía, a su voluntad, anular una ley aprobada por la Casa de los Burgesses. Henry arguyo que no podía; que, nuevamente, el «derecho natural» había sido violado por esa arbitraria acción británica y que, por tanto, tal acción carecía de validez.
El jurado se sintió suficientemente conmovido por la elocuencia de Henry como para otorgar al clérigo solamente un penique por daños y perjuicios.
La noción de «derecho natural» era atractiva para los intelectuales de la época.
Cien años antes, el gran científico ingles Isaac Newton había hallado las leyes del movimiento y de la gravitación universal, y había mostrado cómo el funcionamiento del Universo podía expresarse en esas leyes, que podían ser enunciadas sencillamente e interpretadas con claridad.
Así surgió el entusiasmo de la llamada «Edad de la Razón», en la que muchos pensaron, con exceso de optimismo, que todo en el Universo podía ser reducido a leyes tan generales, tan poderosas y tan sencillamente formuladas como las de Newton.
Algunos pensaron que leyes semejantes gobernaban la sociedad, leyes tan naturales e inevitables como las del movimiento y esencialmente inviolables por los gobiernos.
El más explícito y elocuente de los que creían en este «derecho natural» de la sociedad era un autor suizo francés llamado Jean Jacques Rousseau, que ejerció una extraordinaria influencia en su época sobre los intelectuales de Europa y América. En 1762, publico su libro El contrato social, en el que sostenía que los gobiernos se instituían con el consentimiento de los gobernados para alcanzar ciertos fines deseables más eficientemente que lo que sería posible sin gobierno. Cuando un gobierno se
mostraba por alguna razón incapaz de lograr esos fines deseables o no deseaba hacerlo, rompía el contrato. Entonces, era derecho de los gobernados reorganizar o reemplazar el gobierno.
Era este tipo de ideas lo que tenían en la mente hombres como Otis y Henry, pero el rey británico y su Parlamento, totalmente ajenos a las ideas de Rousseau, siguieron su camino.

Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816) - 1 -
EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS
1763 – 1816
ISAAC ASIMOV
Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid. Teléf 741 66 00
I.S.B.N.: 84-206-1964-7 (obra completa)
I.S.B.N,; 84-206-9968-3 (Tomo XII)
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INFORMACIÓN ECONÓMICA Y GENERAL SOBRE ESTADOS UNIDOS

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INFORMACIÓN ECONÓMICA Y GENERAL SOBRE
ESTADOS UNIDOS
1. Introducción al mercado
Estados Unidos sigue creciendo y ya se trata de una economía de 318 millones de personas y 50.5
millones de hispanos (US Census Bureau, junio 2014), con un con un PIB per cápita de 49.115 USD en 2013. Se trata de un mercado maduro, abierto y competitivo que presenta una amplia oferta de productos a la vez que tiene una fuerte tradición consumista. Un 82% de la población es urbana  datos de 2010). El ciudadano norteamericano, con una tasa de ahorro negativa, es el que más consume del mundo.
Se trata de un gran mercado que presenta particularidades fruto de la gran diversidad de este país, que viene motivada por diferencias de poder adquisitivo, por lazos históricos entre comunidades, por razones geográficas, étnicas y culturales. El tamaño del mercado, que en algunos ámbitos se convierte en un mercado de 50 países, también condiciona la introducción de nuevas empresas puesto que, sin contar con el territorio insular y otros, EEUU continental tiene 3 husos horarios diferentes y distancias geográficas enormes.
Respecto a los indicadores macroeconómicos norteamericanos, su comportamiento es más positivo que en el resto del mundo, lo que ha motivado que este mercado crezca de nuevo antes que el resto y se haya convertido en un mercado prioritario al que muchas PYMES enfocan sus puntos de mira.
El gran tamaño y potencial del mercado, lo hace muy atractivo para la empresa extranjera, que debe
conocer para abordar su internacionalización a Estados Unidos, que presenta un mercado altamente
competitivo, abierto al exterior y en el que participan habitualmente más intermediarios que en Europa, lo que redunda en el aumento en los precios desde el fabricante al consumidor final.
En general, el consumidor pondera el factor precio por encima de otros como la marca o la calidad,
aunque la relación calidad-precio es sin duda la más determinante ante la decisión de compra.
Los productos andaluces en general conjugan una buena relación calidad-precio, lo que supone un gran potencial para su implantación en este mercado. Esta ventaja competitiva debe ir acompañada
por una estrategia adaptada al mercado estadounidense que, para ofrecer las mayores garantías, debe ir orientada a la introducción en el medio plazo y no a las ventas esporádicas, además de atender a la estructura de precios, la comercialización y marketing, un elemento fundamental en este mercado.
También es recomendable que la empresa andaluza fije objetivos claros y defina previamente áreas
geográficas y/o nichos de mercado sobre los que empezar operar para, a partir de ahí, continuar
avanzando en la implantación en el país.
La nacionalización o adaptación de los productos a este mercado, en cuanto a gustos, medidas y
estándares, es otro elemento determinante para el éxito.
Es recomendable tener en cuenta que los costes de entrada son, en este caso, mayores que en otros mercados, lo que explica la necesidad de que la empresa que quiera internacionalizarse a este
mercado adopte una estrategia a medio-largo plazo, estando dispuesta a pasar un tiempo de inversión antes empezar a recoger los frutos. Lo anterior se define coloquialmente como “travesía del desierto” de entrada en EEUU, por el que son necesarios entre uno y tres años, según el producto, para empezar a obtener beneficios constantes en este mercado.
2. Datos geográficos, demográficos y sociales
Estados Unidos es un país joven, creado hace 238 años, que ha crecido mucho desde su fecha de
fundación en 1776, territorial y económicamente. Por los avatares de la historia, conquistando o adquiriendo estados, anexionando o comprando otros territorios, ha llegado a su composición actual
de 50 estados federales y el distrito de Columbia. La superficie de Estados Unidos es de 9.826.675
Km2. de los cuales el 48% son superficie agraria y el 28% terreno forestal, está situado mayoritariamente en el centro de la región septentrional del continente americano y comprende además Alaska, al noroeste de Canadá, y las Islas Hawái, en el Océano Pacífico. Estados Unidos se
compone de 50 Estados más el Distrito de Columbia. Tiene además las posesiones de Samoa
Americana y Guam en el Pacífico, las Islas Vírgenes en el Caribe y el Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Es el cuarto país del mundo en extensión, la capital es Washington D.C. y la moneda es el dólar norteamericano US ($). El idioma oficial es el inglés y el segundo en importancia y en hablantes es el español, especialmente en los estados de Florida, California, Texas y Nueva York. Los Estados más poblados son California, Nueva York, Texas y Florida.
La población de EEUU es de 318 millones de personas aproximadamente. Según los datos del Censo
Norteamericano, a 10 de julio de 2014, los EEUU cuentan con 318.414.504 habitantes. Los hombres
representan el 49,2% y las mujeres el 50,8%. En cuanto a la religión, los últimos datos oficiales datan
del año 2008 y en ellos re refleja que el 51,3% de los estadounidenses son protestantes, el 23,9%
católicos, el 1,7% judíos, otro 1,7% son mormones, un 0,7% budistas, un 0,6 % musulmanes, 0’4%
hindúes y un 16,1% no están adscritos a ninguna religión. El resto pertenecen a minorías religiosas
como los ortodoxos griegos y rusos, nativos americanos, New Age, sectas varias etc.
Respecto a los datos de población, el análisis demográfico va intrínsecamente ligado a las estrategias
de penetración y búsqueda de mercados de las empresas, especialmente en un mercado-continente
como EEUU donde es muy fácil dispersarse y donde hay que segmentar y concretar objetivos. Por
estados la población está bastante concentrada en 7 estados que superan los 10 millones de habitantes, y especialmente en California, Texas, Nueva York y Florida, que de hecho son los estados,
junto con Illinois y Puerto Rico donde Extenda centra sus esfuerzos y donde hay mayor presencia de
nuestras empresas y productos. Este año 2014, Florida pasará a ser el tercer estado más poblado
adelantando a New York que bajará un escalón convirtiéndose en el cuarto del ranking de población.
Respecto a la división por raza, la población hispana de EEUU ha crecido vertiginosamente en los
últimos años. Se prevé que en 2050 los hispanos serán ya 65 millones, según el Census Bureau en
2013 ya se registró una cifra de más de 54 millones. Esto los convierte en un mercado dentro del
propio mercado, teniendo en cuenta la gran diversidad que registran como grupo.
Fuente: FICHA PAÍS ESTADOS UNIDOS 2014
Oficinas de Promoción de Negocios de Extenda
Miami y Nueva York
En colaboración con CMMGS
Miami & New York
Miami & Nueva York, Diciembre de 2014

miércoles, 11 de mayo de 2016

El nacimiento de los Estados Unidos -Pero vivía en una época en que

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Pero vivía en una época en que, en otras partes de Europa, los reyes eran absolutos. Por ejemplo, el rey Luis XV de Francia, que gobernaba ya desde hacía casi medio siglo cuando Jorge III subió al trono, hacía lo que quería. No tenía ningún parlamento que le pusiese obstáculos, ningún primer ministro que gobernase el país sin control, ni elecciones que decidiesen sobre la politica, ni partidos que riñesen unos con otros ni político con libertad de atacar al rey.
Era humillante para Jorge que sólo él, de todos los monarcas europeos, fuese controlado y acosado por los caballeros terratenientes que dominaban el Parlamento. Su bisabuelo, Jorge I y su abuelo, Jorge II, no se habían preocupado por ello. Habían sido alemanes de nacimiento y habían gobernado la tierra alemana de Hannover. Les interesaba mucho más Hannover que Gran Bretaña y se sentían muy gustosos de dejar que el primer ministro gobernase como quisiese. Los Primeros Jorges, en efecto, apenas hablaban inglés.
Pero Jorge III pensaba de otro modo. Aunque aún gobernaba Hannover, había nacido y se había criado en Inglaterra. Hablaba inglés y se sentía inglés, y tenía un intenso deseo de gobernar a Gran Bretaña.
Durante su adolescencia, cuando era heredero al trono su madre viuda (a quien adoraba) constantemente lo urgía a que asumiese los deberes y los poderes que antaño pertenecían a la corona. «¡Sé un rey!», decía a su hijo con lo cual quería significar un rey a la manera de los monarcas absolutos de otras partes de Europa
Jorge trató de ser un rey. No podía abolir los poderes del Parlamento y convertirse en un monarca absoluto. Si hubiese intentado hacerlo, seguramente habría sido derrocado de inmediato por una nación que desde hacía largo tiempo había puesto límites estrictos a los poderes regios. Lo que hizo, pues, fue tratar de gobernar mediante el Parlamento, eligiendo a políticos que estuviesen a su lado y actuasen en su nombre.
De este modo, hizo todo lo posible para poner al Parlamento bajo su control.
Le disgustaba William Pitt, por ejemplo. Pitt (el ministro que había asumido la dirección de la política británica en los oscuros días en que los franceses parecían a punto de obtener la victoria, y había conducido a Gran Bretaña a la recuperación y el triunfo) era la encamación misma de todo lo que Jorge III detestaba. Pitt era un político poderoso y resuelto que se comportaba como si él fuese el rey.
Después de un año de haber subido al trono, Jorge halló medios para obligar a renunciar a Pitt, en octubre de 1761. Pudo hacerlo sin problemas, desde luego, porque para entonces la victoria británica era segura. Desplazado Pitt, el Tratado de París de 1763 lanzó un destello de gloria sobre Jorge III. Estaba en el trono a la sazón y recibió el mérito de la victoria, aunque ésta se hallaba asegurada ya antes de que él subiese al trono.
Era en las colonias americanas donde Jorge III podía tener más éxito en su ambición de «ser un rey». En las colonias, no había parlamento alguno que le disputase el control. Allí, al menos, podía gobernar a su gusto, nombrando y destituyendo a funcionarios, estableciendo la política y ajustando los tornillos a los transgresores.
Había legislaturas coloniales, sin duda, pero en conjunto tenían escaso poder contra el rey.
Jorge III no ejerció su poder en las colonias de mala manera, pues no era un hombre malo. La queja americana era sencillamente que lo pudiera ejercer, para bien o para mal, sin consultar a los mismos americanos.
Los choques empezaron casi tan pronto como Jorge III subió al trono, y concernían al problema del contrabando. Este era siempre un mal para los británicos, pero durante la Guerra contra Franceses e Indios, pareció absolutamente insoportable.
Al menos parte del comercio ilegal americano se realizaba con el enemigo, con lo que apoyaba a los franceses y contribuía a la muerte de soldados británicos (y de soldados americanos también).
Los británicos se sintieron totalmente justificados en hacer esfuerzos especiales para poner fin al contrabando y aplicar las leyes que el Parlamento había aprobado regulando el tráfico y el comercio americanos. Esto había sido decidido por Pitt en 1760, por la época en que Jorge III subió al trono, y en este caso Jorge III estuvo de acuerdo con Pitt.
Pero poner en práctica las leyes sobre el comercio a un gran territorio escasamente poblado y situado a cinco mil kilómetros de distancia, donde la población, en general, no estaba dispuesta a admitir que se aplicaran, era más fácil de planear que de lograr. La búsqueda de artículos de contrabando y probar, una vez hallados, que habían entrado de contrabando eran cosas casi imposibles sin la cooperación de la gente del lugar.
Por esta razón, el gobierno británico decidió promulgar «mandatos de asistencia». Estas eran órdenes de búsqueda generalizada. Un funcionario de aduanas, provisto de un mandato de asistencia, tenía derecho de entrar en cualquier lugar en busca de artículos. No era necesario especificar el lugar particular o la naturaleza de los artículos buscados.
Tales mandatos de asistencia no eran algo nuevo. Habían sido expedidos ya en 1751. Pero en 1761, cuando salieron los nuevos mandatos, los americanos ya no temían a los franceses ni dependían de la ayuda militar británica. Eran más conscientes de sus derechos y más dispuestos a hacerlos valer.
No estaba en discusión lo bueno o lo malo del contrabando (¿quién podía defender honestamente el comercio con el enemigo?). La cuestión era si tales mandatos de asistencia eran legales. Esas órdenes de búsqueda generalizadas eran ilegales en Gran Bretaña, donde un axioma de la ley era que «la casa de un hombre es su castillo». Por humilde o desvencijada que fuese la casa de un hombre, en ella no podían entrar el rey ni sus representantes sin un proceso judicial en regla concerniente a una casa específica y para un fin específico.
¿Por qué, pues, en las colonias la casa de un hombre no era su castillo?
En Massachusetts, particularmente, donde el contrabando era desenfrenado, se levantó una enorme oposición y se puso en tela de juicio la legalidad de los mandatos.
Contra los mandatos se levantó James Otis (nacido en West Barnstable, Massachusetts, el 5 de febrero de 1725), hijo de uno de los más respetados jueces de la colonia. Su argumento, expuesto con la mayor elocuencia, era que los derechos poseídos por los ingleses, como consecuencia del «derecho natural», no podían ser violados por decretos del rey ni por edictos del Parlamento. Había una «constitución» básica que, aunque no estuviese escrita, encarnaba esos derechos naturales, y «un
decreto contra la constitución es vacío», decía.
Otis sostenía, en efecto, que el gobierno británico, al promulgar mandatos de asistencia, era subversivo, y los americanos, al negarse a obedecer a esa ley particular, defendían los principios básicos del derecho. (Predicaba lo que hoy llamamos «desobediencia civil».)
Los británicos no se inmutaron por ese argumento y prosiguieron su política de expedir mandatos de asistencia. Mas para muchos americanos, Otis había encendido un faro que iba a guiarlos en adelante y a justificarlos en su rebelión contra la ley británica en nombre de una ley superior.
Un suceso similar tuvo lugar en Virginia un poco más tarde.
Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816)
- 4 -
Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid. Teléf 741 66 00
I.S.B.N.: 84-206-1964-7 (obra completa)
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EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS- El 7 de octubre de 1763, una proclama real

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El 7 de octubre de 1763, una proclama real estableció una frontera occidental a lo largo de las cadenas de los Apalaches más allá de la cual no podían crearse colonias.
Fue esto, más que cualquier otra cosa, lo que rompió la coalición de Pontiac y trajo la paz.
Mas para los americanos, la «Línea de la Proclama» era algo abominable. Su efecto era confinarlos a la llanura costera, exactamente donde habían estado confinados antes de 1763 por los franceses. ¿De qué servía (pensaban los americanos) la derrota de los franceses?
Incansablemente, los americanos presionaron contra la Línea de la Proclama y aprendieron a ignorar, y por ende a despreciar, las leyes promulgadas en Gran Bretaña.
Los colonos occidentales, los especuladores con tierras, los tramperos que negociaban con pieles, todos aprendieron a ver en el gobierno británico a un enemigo que se ponía de lado de los indios.
En Virginia, la más antigua y populosa de las colonias, el hambre de tierras de los grandes propietarios de plantaciones era particularmente marcada. Habían deseado colonizar el valle del Ohio que fue la causa inmediata de la última guerra con los franceses, y muchos de ellos, pese a sus vínculos con la cultura inglesa, se volvieron cada vez más antibritánicos.
Pero los americanos más prósperos e influyentes eran los comerciantes de las ciudades costeras y particular mente de Nueva Inglaterra, hombres que habían hecho fortuna con el comercio marítimo con las Antillas y con Europa. Si Gran Bretaña hubiese conseguido mantener su lealtad, el descontento podía haberse conservado dentro de ciertos límites. Los americanos más conservadores podían haber mantenido a raya a los granjeros y hombres de la frontera mal organizados.
El fracaso en conseguirlo fue el mayor error táctico de Inglaterra.
Durante cien años, Gran Bretaña había tratado de regular el comercio americano de tal modo que los manufactureros y terratenientes británicos pudiesen beneficiar se con él. (Según las normas de la época, esto parecía racional a los británicos. El territorio en el que vivían los americanos había sido ocupado y colonizado por iniciativa británica.
Había sido la armada británica y la fuerza de las armas británicas las que los habían protegido continuamente, primero contra los neerlandeses y los españoles, y luego contra los franceses. Puesto que los americanos existían y prosperaban gracias a la generosidad de Gran Bretaña, ¿por qué no debían ofrecer alguna compensación a cambio?
Era casi como si Gran Bretaña considerase que los americanos habían alquilado su vasto territorio a la madre patria, y esperase de ellos que pagasen gustosamente el alquiler.
Para los americanos, desde luego, las cosas eran diferentes. Las colonias habían sido creadas por hombres que habían llevado a cabo la tarea con muy escasa ayuda del gobierno británico, y en algunos casos porque habían sido expulsados de sus hogares por la persecución religiosa.
También pensaban los americanos que habían defendido sus tierras contra los indios, los neerlandeses, los españoles y los franceses sin mucha ayuda de la madre patria. Sólo en la última guerra Gran Bretaña, viendo amenazados sus intereses en Europa y Asia, se había decidido a intervenir de manera vigorosa, y aun entonces los americanos habían ayudado enormemente.
Por ello, cuando los británicos trataron de controlar la industria y el comercio americanos de modo tal que el dinero fuese a parar a los bolsillos de los comerciantes y terratenientes británicos, los americanos pensaron que esto era injusto.
Los comerciantes americanos respondieron efectuando un comercio ilegal con otros países, o realizando el comercio sin pagar derechos de aduana o hurtando de otros modos a Gran Bretaña el dinero que trataba de recaudar. Los americanos no consideraban que violaban la ley, sino que ignoraban restricciones injustas y tiránicas.
Fue a causa de las restricciones al comercio y el contrabando por lo que los comerciantes de Nueva Inglaterra y las ciudades marítimas se volvieron cada vez más antibritánicas.
El nuevo rey
Retrospectivamente, vemos que los británicos podían haber manejado las cosas más sabiamente. Si se hubiese permitido a los americanos autogobernarse en cierta medida y si se hubiera permitido que los americanos más influyentes compartiesen los beneficios, por su propio acuerdo los americanos habrían entregado a los británicos más dinero del que Gran Bretaña podía obtener mediante la coerción.
A las circunstancias que contribuyeron al fracaso británico en comprender esto se agregó el hecho de que subiese al trono un nuevo rey, un rey que, por desgracia, no estaba precisamente a la altura de los tiempos.
El 25 de octubre de 1760, el rey británico, Jorge II, murió después de un reinado de treinta y tres años durante los cuales los dominios británicos de ultramar aumentaron mucho. En verdad, sólo a partir de este reinado podemos hablar verdaderamente del «Imperio Británico».
Su hijo Federico, que hubiera sido el heredero al trono, había muerto en 1751.
Fue el hijo de Federico, quien tenía veintidós años en el momento de la muerte de su abuelo, quien sucedió a éste con el nombre de Jorge III.
El nuevo rey no era muy brillante. No aprendió a leer hasta los once años y, más tarde, se volvió loco. Nunca tuvo realmente confianza en sí mismo y, como sucede a veces, convirtió esto en obstinación. Nunca pudo admitir que estaba equivocado, de modo que persistía en su modo de actuar hasta mucho después de que fuese claro para todo el mundo que lo que hacía producía el efecto contrario de los resultados que buscaba.
Jorge III no era un tirano. Era un hombre moral, que amaba a su familia y llevaba una vida en un todo respetable, con su esposa y sus hijos. Hasta era amable en ciertos aspectos y, ciertamente, como ser humano era mucho mejor que los dos Jorges
anteriores.
Fuente: Isaac Asimov El Nacimiento De Los Estados Unidos (1763 – 1816) - 1 -
EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS
1763 – 1816
ISAAC ASIMOV
Título original: The Birth of the United States 1763-1816
Traductor: Néstor Mínguez
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983
Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© 1974 by Isaac Asimov
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994
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II. LA ÉPOCA DEL PRESIDENTE JACKSON. EL TESTIMONIO DE TOCQUEVILLE

  16. EXPANSIÓN Y CONSTITUCIÓN La Constitución no ha dispuesto que tomemos territorio extranjero, y menos todavía que incorporemos a nacione...